Cuidado, alguien quiere entrar en tu cerebro

15/01/2014

Hace ya algunos años que los implantes electrónicos en el cerebro dejaron de ser ciencia ficción. Diminutos dispositivos cerebrales para tratar el Parkinson, depresiones graves o para controlar miembros artificiales, han sido implantados en pacientes de todo el mundo en la última década. Ahora, por primera vez en todo este tiempo, los científicos se han dado cuenta de que todo este sistema podría ser vulnerable a ataques externos y suponer un grave problema de seguridad.




En un artículo en Neurosurgical Focus, citado por Mind Hacks y por Wired, los expertos recuerdan que la mayoría de estos dispositivos se programan desde el exterior mediante control remoto, de una forma tan sencilla como cambiar los canales de una televisión.



A pesar de la alta tecnología, casi ningún aparato viene equipado con un sistema de autentificación o encriptación que proteja de intrusiones no deseadas, lo que supone que cualquiera que tenga la combinación adecuada puede modificar los parámetros del implante y programarlos según sus deseos. (Seguir leyendo)



Pero ¿por qué iba a querer alguien controlar nuestros implantes cerebrales? Aunque suene fantasioso, los científicos están convencidos de que puede ocurrir y empiezan a proliferar los artículos sobre la denominada “neuroseguridad”. De hecho, ya han realizado pruebas para demostrar los daños que se pueden causar desde un ordenador sobre uno de estos implantes.



En el año 2003, un grupo de investigadores puso a prueba un desfibrilador que acababa de salir al mercado y lo ‘hackearon’ con cierta facilidad utilizando un equipo de bajo coste. Los autores del experimento pudieron cambiar la terapia, desactivarla e incluso inducir una desfibrilación ventricular, que puede causar la muerte del paciente.





Imagen: Psicocafé (Flickr)





Aunque los sistemas actuales tienen un radio de alcance de unos 10 centímetros, los expertos advierten que hay que empezar a encriptar los aparatos y tapar todas las posibles puertas traseras de estos dispositivos. “Si no ponemos cuidado en la seguridad”, dice Tadayoshi Kohno de la Universidad de Washington, “puede que en cinco o diez años estemos lamentando un grave error”.



La última generación de prótesis robóticas, por ejemplo, incluye un sistema wireless que permite a los médicos hacer los ajustes necesarios sin intervención. Si no se ponen barreras de acceso, un habilidoso atacante podría hacerse con el control de esa prótesis y manejarla a su antojo.



Brazos que actúan por órdenes ajenas, implantes que pueden acelerar el corazón del paciente o administrar más o menos cantidad de determinada droga para alterar su estado de ánimo. Los científicos plantean incluso la posibilidad de que los pacientes intenten hackear su propio dispositivo y empiecen automedicarse, mandando señales al cerebro que mejoren su humor o que anulen el dolor.



Un asunto que suena lejano pero que tal vez se convierta en una desconcertante realidad.

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